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Discurso de Somos Alcalá en el acto por la Tercera República y de homenaje a Manuel Azaña

[NOTA: Ponemos a vuestra disposición el texto completo redactado por integrantes de nuestra agrupación. Por motivos de tiempo y formato, finalmente se leyó una versión resumida durante el acto]

Nos hemos congregado, en nuestra diversidad, en torno a la fuerza simbólica de Manuel Azaña, Alcalaíno “por los cuatro costados” y  último jefe del estado elegido democráticamente en la historia de España. Resulta difícil condensar en palabras la complejidad política y humana de Manuel Azaña. Como él mismo dijo, “cada hombre es un misterio impenetrable en vida y en muerte». Su gesto meditabundo, sus gafas redondas, y su rostro carnoso llegaron  a convertirse, ante el mundo, en el rostro de una Segunda República Española que se batía por su supervivencia frente a las hordas del fascismo mundial. Abandonada por las democracias occidentales, la Segunda República se convirtió en un ejemplo para todos los pueblos del mundo por su voluntad de resistencia. Es cierto que a muchos y muchas de quienes estamos aquí presentes nos separan algunas distancias políticas con el pensamiento liberal de Azaña. No es menos cierto que si bien de distinto caño, todas y todos bebemos de la misma fuente de la que bebieron tantas personas antes: El combate por un mundo hermoso. Y es por eso que nos hemos encontrado hoy en este lugar. Somos, a fin de cuentas y en palabras de Azaña, “hijos de un mismo sol y tributarios de un mismo arroyo”. 

Manuel Azaña fue uno de los muchos hombres y mujeres que, en la decadencia de la anterior restauración borbónica, avivaron las ascuas que se tornarían en el fuego imparable que trajo, entre celebraciones,  la proclamación de la República el 14 de Abril de 1931. Una República de trabajadores, un anhelo de democracia, de libertad y de justicia social que nació para pavimentar el camino de una España nueva, libre al fin de las miserias y las injusticias con la que las oligarquías han castigado a nuestro pueblo durante siglos.  La esperanza y el proyecto político de una generación que, como había señalado un jovencísimo Azaña años antes, en su primer discurso político dado en la Casa del Pueblo de nuestra querida ciudad, había “visto los males de la patria y ha(bía) sentido al verlos tanta vergüenza como indignación». 

Fue una generación familiarizada también con los males seculares de nuestro país, aquellos que pese a cambiar de nombre permanecen inmutables en su esencia. Para Azaña, el problema de España era organizar un estado democrático, y la solución “liberarlo de los poderes sociales que lo mediatizan”. Es decir, del caciquismo, las oligarquías, el trono y el altar, las desigualdades, la corrupción, el abuso de poder…. Las circunstancias del presente hacen resonar con fuerza esta idea. Los enemigos de la democracia en España son y han sido siempre, en suma, los  enemigos históricos de la prosperidad, la libertad y la igualdad.

Son los mismos que hoy acuden a los barrios obreros a provocar a sus vecinas, los que aborrecen la igualdad en todas sus formas y por eso vandalizan murales tan hermosos como el que tenemos aquí al lado. Esos a los que promueven medios de comunicación en manos de poderosos grupos de poder y toleran las redes sociales multinacionales, los herederos de quienes enviaron a nuestro paisano, como a tantas otras españolas y españoles, al oprobio del exilio. La bota brutal que apagó a sangre y fuego la esperanza de nuestra república. La generación de Azaña y sus predecesores les conocían ya bien. Han estado siempre allí, en el mismo lugar, acechando en busca de la ocasión para imponer su odio, medrando y nutriéndose de la ponzoña generada por la corrupción, histórica y presente, de la monarquía española. 

Del mismo modo que nosotras recibimos hoy su memoria, la generación de Azaña recordaría el eco de las luchas de sus mayores. También del terror. Permitidme contaros rápidamente un pavoroso episodio vivido en la noche de San Lorenzo de 1823, aquí mismo, en Alcalá de Henares y narrado por Estaban Azaña en su historia de la ciudad. Abolida la Constitución de Cádiz, manu militari e invasión extranjera mediante. Crecidos, los reaccionarios de la ciudad salieron a las calles, encabezados por un fraile y al grito de “toquemos a degüello/que han sido traidores a su patria y a su rey”, sembrando el terror en la ciudad. A lo largo de la noche asaltaron, destrozaron y saquearon los domicilios de las familias liberales (en el lenguaje de la época), conocidas en Alcalá. entre ellas la familia Azaña, en un episodio de terror político que anunciaba el trágico periodo que le esperaba a España. 

Han pasado casi 200 años desde aquello, y casi 81 años de la caída de la Segunda  República. A pesar de la violencia y de la barbarie de los de siempre, a pesar del tiempo, aquí seguimos. Aquí estamos juntas homenajeando a nuestro vecino Manuel Azaña y pidiendo, de nuevo, una República. Una democracia plena que garantice los derechos y la dignidad de la vida de todas y todos. Se lo podemos decir alto y claro: ayer, ahora y siempre tendrán enfrente millones de españolas y españoles dignos y amantes de la libertad, esa palabra que últimamente tanto les gusta mancillar a los fascistas y sus colaboradores.  Queremos la República, antes de nada, por principios. Pero también para alejar del poder a aquellos que ven España como una propiedad para uso y disfrute de unos pocos. Para enviar al olvido del tiempo, por fin, a quienes pretenden que  nuestro país  vuelva a deslizarse por el pozo del oscurantismo. En definitiva, para devolverle España  a las mayorías sociales y ponerla a su servicio, rehacer nuestra democracia desde abajo hacia arriba, comenzando por el corazón vivo y latiente de los municipios. Dijo nuestro homenajeado que “un régimen es todo un ambiente político, es toda una escuela política en la que se educan los que lo sostienen y los que lo combaten”.  Necesitamos abrir los ventanales de un Estado atrofiado tras décadas de políticas neoliberales, para que entren por ellos el viento refrescante de la esperanza y la fuerza creadora de la utopía, con la misma energía y alegría con la que lo hicieron hace ocho décadas. Y que así impulsen nuestras velas a través del futuro tan incierto que enfrenta hoy el conjunto de la humanidad. Un futuro solidario, igualitario, feminista y sostenible que sea compatible con la civilización y con el planeta. 

Para terminar, nos gustaría señalar que este encuentro nos recuerda que pese a las diferencias que nos separan y los episodios difíciles, nuestros enemigos no están  aquí. Nuestros enemigos comunes son los herederos políticos de quienes se alzaron para acabar con la Segunda República. Los enemigos de los valores que compartimos, del principio que dice que todo ser humano merece dignidad por el mero hecho de serlo y que los pueblos han de gobernarse a sí mismos, entre iguales y libres de tiranos y caudillos. Así pues, y una vez más parafraseando a Manuel Azaña, rememos para que la Tercera República no sea simplemente “el triunfo de los partidos y organizaciones. Será el triunfo de la libertad republicana, de los derechos del pueblo, de las entidades morales, ante las cuales nos inclinamos.” No podemos dejar de desear en estos momentos que vivimos, que  esos valores, los únicos ante los que nos inclinamos, se impongan en las urnas el próximo 4 de Mayo frente a las mismas fuerzas de la insolidaridad y la barbarie a las que se enfrentó la España representada en Manuel Azaña, aquellas que por desgracia gobiernan por ahora nuestra comunidad autónoma.

¡No pasarán!